
Parte 1.
Qigong y Prevención: Aprender a Escuchar.
Hay una idea profundamente arraigada en la tradición china que conserva una enorme actualidad: es preferible cuidar la salud antes de que aparezca el problema que esperar a tener que solucionarlo. Durante mucho tiempo, nuestra manera de entender la salud ha estado dominada por una lógica reparadora. Cuando algo duele, buscamos una solución; cuando aparece una enfermedad, buscamos un tratamiento; cuando el cansancio se vuelve insoportable, intentamos descansar. Sin embargo, existe otra posibilidad: empezar a cuidar el cuerpo antes de que nos obligue a hacerlo.
Esta idea permite comprender una de las dimensiones más interesantes del Qigong. Aunque hoy podemos acercarnos a esta práctica desde diferentes perspectivas —como ejercicio corporal, disciplina mente-cuerpo, práctica tradicional china o herramienta de autocuidado—, existe en ella una enseñanza común: aprender a prestar atención a lo que sucede mientras nos movemos, respiramos y permanecemos presentes en nuestro propio cuerpo.
El Qigong no debería entenderse simplemente como una colección de movimientos lentos que se repiten siguiendo una determinada secuencia. En sus diferentes tradiciones y métodos encontramos una integración de movimiento, respiración y atención que busca cultivar determinadas capacidades y desarrollar una relación más consciente con el cuerpo. Esta forma de practicar puede tener un valor preventivo precisamente porque nos invita a observar antes de que aparezca la necesidad de reparar.
No se trata de vivir pendientes de la enfermedad ni de convertir cada sensación corporal en una señal de alarma. La prevención, entendida de una manera saludable, consiste en reconocer cambios, comprender mejor nuestras necesidades y realizar pequeños ajustes cuando todavía tenemos margen para hacerlo. En este sentido, el Qigong puede enseñarnos algo que parece sencillo, pero que no siempre resulta fácil en la vida cotidiana: escuchar el cuerpo antes de que tenga que gritar.
¿Qué significa prevenir desde la práctica del Qigong?
Prevenir no significa conseguir que nunca enfermemos. Ninguna práctica, ningún estilo de vida y ningún sistema de cuidado puede ofrecernos semejante garantía. La salud depende de una combinación compleja de factores que incluyen la edad, la genética, el entorno, la alimentación, el descanso, la actividad física, las circunstancias sociales, las infecciones, los accidentes y muchas otras variables que no dependen exclusivamente de nuestras decisiones.
La prevención tiene, por tanto, un significado mucho más realista. Consiste en crear unas condiciones que favorezcan la salud y en mantener, en la medida de lo posible, nuestra capacidad para adaptarnos a las exigencias de la vida sin perder innecesariamente nuestras capacidades.
Desde la perspectiva tradicional china, la salud se contempla como un proceso dinámico en el que intervienen la constitución de cada persona, el Qi, la Sangre o Xue, la relación entre Yin y Yang, la alimentación, el descanso, las emociones, la actividad y la interacción con el entorno. El Qigong se desarrolla dentro de este marco cultural y tradicional y utiliza diferentes métodos para integrar cuerpo, respiración y atención.
Desde una perspectiva contemporánea, podemos describir parte de su práctica de una manera más sencilla: aprender a movernos con atención, coordinar el movimiento y la respiración, reducir tensiones innecesarias, desarrollar equilibrio y coordinación, trabajar la movilidad y observar nuestras propias sensaciones. Ninguna de estas capacidades constituye por sí sola una garantía de salud, pero todas pueden formar parte de una relación más consciente y activa con nuestro cuerpo.
Por eso, una de las grandes enseñanzas del Qigong no está únicamente en saber cómo realizar un ejercicio, sino en aprender cómo relacionarnos con nosotros mismos mientras lo realizamos.
El cuerpo suele avisar antes de obligarnos a parar.
Con frecuencia imaginamos que la pérdida de salud ocurre de repente, pero muchos de los cambios asociados a determinados hábitos aparecen de forma gradual. Dormimos un poco peor, nos movemos algo menos, acumulamos tensión, pasamos más horas sentados, tenemos menos tiempo para descansar y seguimos adelante porque, aparentemente, todavía podemos hacerlo.
Durante un tiempo, el organismo se adapta. Esa capacidad de adaptación es una de las características fundamentales de nuestro cuerpo y nos permite afrontar cambios, esfuerzos y situaciones excepcionales. El problema aparece cuando la exigencia se mantiene durante demasiado tiempo y la recuperación deja de ser suficiente.
Entonces pueden aparecer señales que no necesariamente indican una enfermedad, pero que merecen nuestra atención: rigidez, cansancio, tensión muscular, pérdida de movilidad, dificultad para relajarnos, sueño poco reparador, menor capacidad de concentración o simplemente la sensación de que nuestro cuerpo ya no responde como antes.
El propósito del Qigong no es convertir ninguna de estas sensaciones en un diagnóstico. Su valor preventivo se encuentra en otro lugar: aprender a observarlas sin alarmarnos, reconocer nuestros propios límites y modificar determinados hábitos antes de que el desgaste se haga mayor. Se trata de desarrollar una observación serena que permita preguntarnos qué está ocurriendo y qué podemos hacer razonablemente para cuidar mejor de nosotros mismos.
Aprender a escuchar el cuerpo.
Existe una capacidad que muchas personas apenas han aprendido a utilizar: percibir lo que ocurre dentro de su propio cuerpo. No estamos hablando de diagnosticar ni de interpretar cada sensación, sino de reconocer aspectos tan sencillos como la tensión de los hombros, la forma en que apoyamos los pies, la manera en que respiramos cuando estamos concentrados o la cantidad de fuerza que empleamos para realizar un movimiento.
Durante la práctica del Qigong, estas cuestiones adquieren una importancia especial. Podemos descubrir que elevamos los hombros innecesariamente, que bloqueamos las rodillas, que contenemos la respiración cuando intentamos concentrarnos o que utilizamos mucha más fuerza de la necesaria para realizar un movimiento que podría hacerse con mayor suavidad.
Con el tiempo, esta atención puede convertirse en una forma de conciencia corporal. Al principio estamos pendientes de aprender la secuencia y recordar qué movimiento viene después; progresivamente, sin embargo, podemos comenzar a percibir cómo estamos mientras realizamos el ejercicio. ¿Estamos tensos? ¿Respiramos con naturalidad? ¿Podemos realizar el movimiento con menos esfuerzo? ¿Necesitamos hoy una práctica más suave que ayer?
Estas preguntas no convierten al practicante en su propio médico. Simplemente le ayudan a estar más presente dentro de su cuerpo. Y esta capacidad de observación puede ser una herramienta valiosa de autocuidado, porque uno de los problemas de nuestra vida moderna es que muchas veces ignoramos pequeñas señales hasta que se vuelven demasiado evidentes para seguir ignorándolas.
El movimiento: cuidar antes de perder movilidad.
Nuestro cuerpo está diseñado para moverse, pero la vida moderna ha reducido considerablemente la cantidad y, sobre todo, la variedad de movimientos que realizamos. Pasamos muchas horas sentados, utilizamos vehículos para desplazamientos cortos, trabajamos delante de pantallas y mantenemos durante largos periodos posiciones muy similares.
La falta de movimiento y el exceso de comportamiento sedentario tienen consecuencias importantes para la salud. La Organización Mundial de la Salud señala que la actividad física regular aporta beneficios tanto físicos como mentales y recomienda reducir el tiempo sedentario. En las personas mayores, además, aconseja incorporar actividades variadas que incluyan equilibrio funcional y fortalecimiento para mantener la capacidad funcional y ayudar a prevenir las caídas.
El Qigong puede formar parte de este contexto de actividad física, aunque es importante no presentarlo como sustituto de todas las demás formas de ejercicio. Sus diferentes métodos incorporan, según el sistema, cambios de peso, desplazamientos, rotaciones, coordinación entre brazos y piernas, movilidad articular, trabajo postural y ejercicios relacionados con el equilibrio. Una de sus características más interesantes es que estos movimientos suelen realizarse prestando atención a la calidad del gesto y a las sensaciones que lo acompañan.
Esto permite que el movimiento deje de ser únicamente una cuestión de cantidad. No se trata solamente de cuánto nos movemos, sino también de cómo nos movemos y de cuánto conocemos las posibilidades de nuestro propio cuerpo.
No necesitamos solamente más movimiento: necesitamos ampliar nuestras posibilidades.
Una persona puede caminar todos los días y pasar, al mismo tiempo, muchas horas en la misma postura. Puede hacer ejercicio regularmente y utilizar siempre los mismos patrones de movimiento. Puede tener fuerza, pero poca movilidad; puede tener movilidad, pero poca confianza en el equilibrio; puede estar físicamente activa y, sin embargo, prestar muy poca atención a cómo utiliza su cuerpo.
Por eso, cuando hablamos de prevención, conviene no reducirlo todo a la idea de hacer más ejercicio. También podemos preguntarnos si estamos ofreciendo a nuestro cuerpo suficiente variedad de movimiento.
El Qigong puede aportar en este sentido movimientos que no forman parte de muchas actividades cotidianas: cambios de apoyo, transferencias de peso, desplazamientos suaves, rotaciones, movimientos coordinados de diferentes segmentos corporales y ejercicios en los que equilibrio, respiración y atención se integran. No todos los métodos de Qigong trabajan de la misma manera, ni todos tienen los mismos objetivos, pero esta variedad puede enriquecer el repertorio de movimientos de una persona.
Esto no significa que el Qigong deba sustituir al entrenamiento de fuerza, al ejercicio cardiovascular, a caminar, nadar, bailar o cualquier otra actividad adecuada. Una vida físicamente activa puede y debe incluir diferentes formas de movimiento. El valor del Qigong está en aportar una manera particular de relacionarnos con él: más atenta, consciente y orientada a la coordinación entre cuerpo, respiración y mente.
Prevenir también significa conservar.
Cuando hablamos de prevención solemos pensar en evitar que aparezca una enfermedad. Sin embargo, existe otra manera de entenderla que resulta especialmente importante cuando hablamos de una práctica que puede acompañarnos durante muchos años: prevenir también significa conservar.
Conservar la movilidad que tenemos, mantener el equilibrio, seguir siendo capaces de levantarnos y sentarnos con seguridad, caminar, girarnos, agacharnos, alcanzar un objeto o realizar las actividades habituales de nuestra vida son aspectos que adquieren un valor creciente a medida que envejecemos. La prevención no consiste solamente en evitar una enfermedad concreta; también puede consistir en evitar, dentro de nuestras posibilidades, la pérdida innecesaria de capacidades que sostienen nuestra autonomía.
Desde esta perspectiva, practicar Qigong no significa esperar a que aparezca una limitación para intentar recuperarla. Significa trabajar mientras todavía podemos hacerlo con relativa facilidad. La diferencia parece pequeña, pero modifica profundamente la relación con el ejercicio: ya no practicamos únicamente para solucionar un problema, sino también para conservar aquello que queremos seguir pudiendo hacer.
La investigación disponible resulta interesante, aunque debe interpretarse con prudencia. Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2019, que incluyó a 1.282 adultos mayores, encontró efectos favorables del Qigong sobre la capacidad física y resultados prometedores en aspectos como funcionamiento, equilibrio, depresión y ansiedad, aunque los autores señalaron que el número de ensayos era limitado y que se necesitaban estudios metodológicamente más sólidos. Otra revisión y metaanálisis publicada en 2023 sobre Tai Chi y Qigong en personas mayores encontró efectos sobre diferentes funciones físicas y cognitivas, aunque los propios autores señalan la necesidad de seguir estudiando los mecanismos y los efectos específicos.
La conclusión responsable no es afirmar que el Qigong garantice un envejecimiento saludable. Es algo más sencillo: mantenernos físicamente activos y entrenar determinadas capacidades puede formar parte de una estrategia razonable para conservar nuestra funcionalidad, y el Qigong puede ser una de las prácticas que contribuyan a ello.
El Qigong como práctica de autocuidado.
Una de las características más interesantes del Qigong es que convierte una parte del cuidado de la salud en una práctica que la propia persona puede integrar en su vida. Un profesional puede orientarnos, un médico puede diagnosticar, un fisioterapeuta puede ayudarnos a recuperar una función y otros profesionales sanitarios pueden acompañarnos en diferentes procesos, pero existe una parte del cuidado cotidiano que solamente nosotros podemos realizar.
Cómo nos movemos durante el día, cómo descansamos, cuánto tiempo permanecemos sentados, cómo reaccionamos ante la tensión y qué atención prestamos a nuestro propio cuerpo son cuestiones que forman parte de nuestra vida cotidiana.
El Qigong puede crear un espacio para recuperar esa relación. No necesariamente necesitamos convertirlo en una obligación más ni practicar durante largos periodos para que tenga sentido. La cuestión fundamental es que la práctica pueda integrarse de una manera realista y sostenible, porque una actividad que no podemos mantener difícilmente podrá formar parte de nuestro cuidado a largo plazo.
En definitiva, el Qigong puede enseñarnos a hacernos cargo de una pequeña pero importante parte de nuestra salud: la que tiene que ver con el movimiento, la respiración, la atención y la relación cotidiana con nuestro propio cuerpo.

Parte 2.
La respiración: una puerta de entrada a la conciencia.
La respiración ocupa un lugar central en numerosas formas de Qigong, pero practicar una respiración consciente no significa obligarnos a respirar cada vez más profundamente ni intentar controlar todos sus movimientos. Uno de los primeros aprendizajes puede ser mucho más sencillo: darnos cuenta de cómo estamos respirando.
Cuando estamos bajo presión, podemos acelerar la respiración o contenerla sin darnos cuenta. Cuando estamos concentrados, podemos elevar los hombros o tensar el abdomen. Cuando estamos tranquilos, la respiración suele adquirir otra cualidad. Aprender a observar estas diferencias nos proporciona una vía sencilla para reconocer nuestro estado corporal.
En muchas prácticas de Qigong, el movimiento y la respiración se coordinan progresivamente. Esta coordinación no debería convertirse en una fuente de tensión. Al contrario, una buena enseñanza debe ayudar al practicante a descubrir cómo respirar con naturalidad mientras realiza el movimiento, respetando sus propias posibilidades y evitando forzar.
La respiración se convierte así en una puerta de entrada a la conciencia corporal. No necesitamos utilizarla para diagnosticar nuestro estado ni para atribuirle propiedades extraordinarias. Basta con reconocer que respiramos de una manera diferente cuando estamos tranquilos, tensos, cansados o realizando un esfuerzo, y aprender a observarlo.
La mente también necesita aprender a detenerse.
Vivimos rodeados de estímulos. Información, mensajes, noticias, trabajo, obligaciones, pantallas y ruido mantienen nuestra atención constantemente ocupada. Es posible que el cuerpo permanezca sentado mientras nuestra mente continúa corriendo de una tarea a otra.
El Qigong introduce una experiencia diferente: durante unos minutos podemos prestar atención a una sola cosa. Sentimos el apoyo de los pies, observamos el movimiento de los brazos, percibimos el desplazamiento del peso, acompañamos la respiración y volvemos a las sensaciones corporales cuando la mente se distrae.
No es necesario presentar esta experiencia como una solución universal al estrés. La evidencia científica sobre Qigong y estrés o ansiedad es prometedora, pero no definitiva. Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2014 encontró reducciones de estrés y ansiedad en determinados ensayos con adultos sanos, pero los autores señalaron que el número de estudios era reducido y que existían limitaciones metodológicas que justificaban nuevas investigaciones. Una revisión más reciente sobre Qigong y manejo del estrés también señala que existe literatura clínica, pero que es necesario seguir evaluando la calidad y consistencia de la evidencia.
Por eso, una afirmación prudente sería que el Qigong puede ofrecer un espacio estructurado para movernos, respirar, prestar atención y reducir durante unos minutos el ritmo habitual de nuestra actividad. A veces, esa pausa ya tiene un valor considerable.
El equilibrio entre esfuerzo y recuperación.
Existe otro principio fundamental en cualquier práctica orientada a la salud: no todo entrenamiento saludable consiste en hacer más. También necesitamos recuperar.
En Qigong esta cuestión adquiere especial importancia porque muchas de sus prácticas no buscan llevar al practicante hasta el agotamiento. El objetivo suele estar más relacionado con la calidad del movimiento, la coordinación, la atención y la regulación del esfuerzo que con conseguir una sensación de cansancio extremo.
Esta idea resulta especialmente interesante en una sociedad que identifica con frecuencia la productividad con hacer más. Más trabajo, más ejercicio, más actividad y más resultados parecen convertirse en objetivos en sí mismos. Sin embargo, el organismo necesita alternar actividad y recuperación.
Practicar Qigong puede ser una oportunidad para aprender esa alternancia. Podemos descubrir que es posible mantener una postura estable sin rigidizarnos, realizar un movimiento con precisión sin emplear una fuerza excesiva y trabajar de manera consciente sin terminar exhaustos.
Esto no significa que todo ejercicio deba ser suave ni que el esfuerzo sea perjudicial. La fuerza y el entrenamiento físico tienen un papel fundamental en la salud y, especialmente a medida que envejecemos, resulta importante mantenerlas. Lo que el Qigong puede aportar es otra dimensión: aprender a distinguir entre el esfuerzo necesario y la tensión innecesaria.
El descanso también forma parte del cuidado.
En una cultura que identifica actividad con productividad, descansar puede llegar a parecernos una pérdida de tiempo. Sin embargo, dormir y recuperar forman parte de nuestra capacidad para continuar funcionando.
El Qigong puede proporcionar un espacio de transición entre la actividad y el descanso, especialmente cuando practicamos de manera tranquila y consciente. Una sesión suave puede ayudarnos a reducir el ritmo después de una jornada intensa y a prestar atención a la respiración y a las sensaciones corporales.
Pero conviene mantener los límites claros. Una práctica de Qigong no puede compensar sistemáticamente una falta de sueño. No existe una técnica que permita dormir cuatro horas y recuperar mágicamente las consecuencias de esa privación. El descanso tiene su propia importancia y debe ser respetado como una necesidad del organismo.
La prevención también consiste en reconocer cuándo necesitamos actividad y cuándo necesitamos recuperación.
La gestión emocional también forma parte del cuidado.
La tradición china no separa completamente las emociones del cuerpo. Dentro de su propio marco conceptual, las emociones forman parte de la relación entre la persona, el organismo y el entorno. No necesitamos aceptar literalmente todas las correspondencias tradicionales para reconocer algo que nuestra experiencia cotidiana muestra con claridad: cuando estamos preocupados cambia nuestra respiración; cuando estamos enfadados cambia nuestra tensión corporal; cuando tenemos miedo cambia nuestra postura; y cuando permanecemos sometidos a presión durante mucho tiempo, nuestro cuerpo también lo refleja.
El Qigong puede ofrecer un espacio en el que observar estas relaciones. No pretende eliminar las emociones, porque las emociones forman parte de la vida, sino proporcionar una oportunidad para reconocerlas y no permanecer necesariamente atrapados en determinados estados de tensión.
Mover el cuerpo suavemente, respirar con atención y dirigir la mente hacia las sensaciones corporales puede convertirse en una forma sencilla de crear una pausa. Esa pausa no sustituye una intervención psicológica o médica cuando esta es necesaria, pero puede formar parte de un conjunto más amplio de hábitos de autocuidado.
La responsabilidad consiste precisamente en saber dónde están los límites. Una persona que atraviesa un problema psicológico importante no necesita que le digamos simplemente que haga Qigong; necesita, cuando corresponda, la ayuda profesional adecuada. El Qigong puede acompañar un proceso, pero no debe ocupar el lugar de la atención sanitaria que la persona necesita.
Adaptarse a las estaciones y al entorno.
La relación entre la persona y la naturaleza ocupa un lugar importante en la tradición china. La primavera se asocia tradicionalmente con la expansión y el crecimiento; el verano, con la máxima actividad y apertura; el otoño, con el recogimiento; y el invierno, con la conservación. Estas correspondencias han influido en diferentes prácticas tradicionales de cultivo de la salud, incluido el Qigong.
Hoy podemos aproximarnos a esta concepción sin convertirla necesariamente en un conjunto rígido de reglas. Nuestro entorno cambia a lo largo del año: cambian la temperatura, las horas de luz, nuestra actividad, nuestro descanso e incluso nuestros hábitos alimentarios. Nuestro cuerpo también responde a estas circunstancias.
Adaptar la práctica puede significar sencillamente reconocer que no todos los días necesitamos lo mismo. En determinadas épocas podemos sentirnos cómodos con prácticas más dinámicas; en otras, podemos preferir ejercicios tranquilos y restaurativos. A veces necesitaremos movernos más y otras veces necesitaremos recuperar.
La enseñanza fundamental no consiste en establecer una única forma correcta de practicar en cada estación, sino en desarrollar la capacidad de observar el entorno y adaptar razonablemente nuestros hábitos a las circunstancias.
El Qi y la prevención desde la tradición china.
Para comprender plenamente el sentido tradicional del Qigong hay que acercarse también a su propio lenguaje. El Qi ocupa un lugar central en las tradiciones chinas relacionadas con el cultivo de la salud y aparece dentro de un sistema conceptual amplio en el que encontramos también nociones como Yin y Yang, Jing, Shen y Xue.
El Qigong se desarrolla dentro de esta tradición y utiliza la idea de cultivar, regular y armonizar el Qi mediante la integración del cuerpo, la respiración y la mente. Desde esta perspectiva tradicional, la práctica busca favorecer un funcionamiento armonioso y preservar los recursos de la persona.
Es importante, sin embargo, explicar correctamente este lenguaje. Cuando hablamos de Qi dentro de la tradición china estamos utilizando un marco conceptual propio de esa tradición. No estamos afirmando que exista una entidad anatómica o fisiológica equivalente que la ciencia moderna haya identificado con ese nombre.
Esta distinción no reduce el valor cultural ni histórico del concepto. Al contrario, permite estudiarlo con mayor rigor. Podemos conocer la teoría tradicional del Qigong, comprender cómo ha influido en sus métodos y, al mismo tiempo, estudiar mediante investigación científica qué efectos observables pueden asociarse a determinadas prácticas.
Una buena formación no necesita convertir cada concepto tradicional en una afirmación científica para demostrar que el Qigong tiene valor. Basta con conocer la tradición, practicarla correctamente y ser rigurosos cuando hablamos de aquello que la ciencia ha podido demostrar.
Tradición y ciencia: aprender a distinguirlas.
Esta distinción es especialmente importante en una época en la que encontramos una enorme cantidad de información sobre Qigong en internet. Algunas fuentes presentan conceptos tradicionales como si fueran descubrimientos científicos recientes; otras, en el extremo contrario, descartan cualquier elemento tradicional simplemente porque no utiliza el lenguaje de la ciencia moderna.
Ambas posiciones son poco útiles.
La tradición tiene su propio lenguaje, su propia historia y sus propios sistemas de interpretación. La ciencia utiliza métodos diferentes para investigar efectos observables y establecer conclusiones. Ambas perspectivas pueden dialogar, pero no deben confundirse.
Podemos decir, por ejemplo, que dentro de un determinado sistema tradicional un ejercicio se relaciona con el cultivo del Qi o con determinadas funciones según la teoría de la medicina china. Y podemos estudiar científicamente qué ocurre cuando las personas practican ese ejercicio: cómo cambia su equilibrio, su movilidad, su percepción del estrés u otros parámetros que puedan medirse.
Lo que no debemos hacer es afirmar que una determinada teoría tradicional ha quedado demostrada científicamente simplemente porque un estudio haya encontrado un efecto positivo después de practicar Qigong.
El rigor consiste precisamente en saber dónde termina una afirmación y dónde comienza la otra.
De la clase a la vida cotidiana.
La prevención adquiere verdadero sentido cuando aquello que aprendemos durante una clase llega a nuestra vida diaria. De poco sirve aprender una secuencia con precisión si después permanecemos inmóviles durante muchas horas; tampoco tiene demasiado sentido practicar unos minutos de respiración consciente y continuar el resto del día acumulando tensión sin prestar atención al cuerpo.
El Qigong puede convertirse en una práctica que nos recuerde, durante el resto del día, aquello que hemos aprendido. Podemos levantarnos de la silla después de permanecer mucho tiempo sentados, mover las articulaciones, caminar, relajar los hombros, prestar atención a nuestra respiración o realizar unos minutos de práctica antes de continuar con nuestras obligaciones.
La prevención no consiste en realizar una actividad extraordinaria una vez por semana. Se construye mediante hábitos cotidianos y pequeños ajustes repetidos. La OMS insiste precisamente en que toda actividad física cuenta y que incluso las personas que no alcanzan inicialmente los niveles recomendados pueden beneficiarse de empezar con cantidades pequeñas y aumentar progresivamente según sus posibilidades.
El objetivo, por tanto, no debería ser construir una rutina perfecta, sino una relación sostenible con el movimiento y el cuidado.
La constancia es más importante que la intensidad.
Muchas personas comienzan a cuidar su salud con enorme entusiasmo. Deciden hacer ejercicio todos los días, modificar completamente su alimentación y cambiar de golpe todos sus hábitos. Durante unas semanas mantienen el esfuerzo, hasta que llegan el trabajo, un viaje, el cansancio o simplemente la vida cotidiana, y aquello que parecía tan sencillo se abandona.
Por eso, cuando hablamos de prevención, no deberíamos preguntarnos solamente qué sería ideal, sino también qué podemos mantener durante años.
Esta es una de las razones por las que el Qigong puede resultar una práctica interesante. Puede adaptarse a diferentes edades, niveles de experiencia y momentos de la vida. Un día podemos realizar una práctica completa y otro disponer solamente de quince minutos. En ocasiones necesitaremos una práctica dinámica y en otras una práctica más tranquila. Habrá días en los que simplemente moveremos suavemente el cuerpo y respiraremos.
Todo ello puede formar parte de una relación continuada con la práctica.
La constancia imperfecta suele ser mucho más útil que la perfección que no podemos mantener.
El Qigong no tiene que compensar una vida desequilibrada.
También debemos evitar otro error: pensar que el Qigong puede compensar cualquier otro hábito. No tiene sentido practicar veinte minutos y pasar el resto del día completamente inmóviles. Tampoco tiene sentido realizar ejercicios de respiración y dormir sistemáticamente cuatro horas, o utilizar el Qigong como justificación para mantener durante años hábitos que sabemos que perjudican nuestra salud.
El Qigong puede formar parte de un estilo de vida saludable, pero no sustituye sus fundamentos. Dormir adecuadamente, mantener una alimentación equilibrada, realizar suficiente actividad física, reducir el sedentarismo, evitar el tabaco, moderar el consumo de alcohol, cuidar nuestras relaciones y consultar con profesionales sanitarios cuando sea necesario forman parte de una visión mucho más amplia de la salud.
El Qigong no está separado de la vida. Forma parte de ella.

Parte 3.
Aprender una práctica para toda la vida.
Del ejercicio a la conciencia corporal.
Quizá aquí encontremos una de las diferencias más profundas entre aprender una serie de ejercicios y aprender Qigong. Una persona puede memorizar perfectamente una secuencia, recordar qué pie adelantar, qué brazo elevar y cuándo cambiar de dirección, y, sin embargo, permanecer completamente desconectada de lo que está haciendo.
El Qigong comienza a adquirir profundidad cuando el movimiento deja de ser una simple coreografía. Cuando percibimos el apoyo de los pies, dejamos de elevar innecesariamente los hombros, descubrimos que podemos realizar un movimiento utilizando menos fuerza o empezamos a coordinar de manera natural la respiración con el gesto, el ejercicio adquiere otra dimensión.
La mente deja entonces de estar únicamente pendiente del siguiente movimiento y empieza a permanecer en el movimiento que estamos realizando. El cuerpo deja de ser algo que simplemente utilizamos para ejecutar una secuencia y se convierte en el lugar desde el que experimentamos la práctica.
En ese momento ya no estamos simplemente haciendo movimientos. Estamos aprendiendo a habitar nuestro cuerpo.
Aprender Qigong no es aprender una coreografía
Una secuencia puede aprenderse de memoria. Podemos reproducir correctamente una forma y recordar perfectamente el orden de sus movimientos, pero eso no significa necesariamente que hayamos aprendido Qigong.
Aprender Qigong implica ir un poco más allá: comprender cómo organizar el cuerpo, aprender a utilizar la fuerza necesaria y no más, coordinar movimiento y respiración, desarrollar atención, reconocer nuestras propias limitaciones y saber adaptar los ejercicios a nuestras posibilidades.
También significa comprender los principios que existen detrás de una forma. Cuando el alumno deja de depender exclusivamente de la memoria y empieza a comprender por qué se mueve de una determinada manera, la práctica comienza a adquirir autonomía.
Esta es una diferencia importante entre aprender una serie de ejercicios y aprender una práctica. El objetivo de una buena enseñanza no debería ser únicamente que el alumno reproduzca correctamente los movimientos, sino que llegue progresivamente a comprenderlos y pueda utilizarlos con criterio fuera de la clase.
Cuando comprendemos lo que hacemos, dejamos de necesitar constantemente a alguien que nos diga qué movimiento viene después. Podemos comenzar a practicar por nosotros mismos y, en ese momento, el Qigong deja de ser solamente una actividad a la que asistimos para convertirse en algo que llevamos con nosotros.
Una práctica que puede acompañarnos durante toda la vida
Una de las características más interesantes del Qigong es que puede evolucionar con nosotros. No necesitamos practicar de la misma manera a los veinte años que a los sesenta, ni necesitamos mantener siempre el mismo nivel de intensidad o de dificultad.
Cuando somos jóvenes podemos buscar mayor amplitud, coordinación y aprendizaje. Con el paso del tiempo podemos prestar más atención a la movilidad, el equilibrio, la respiración, la relajación y la conservación de nuestras capacidades. Si aparecen limitaciones físicas, determinados ejercicios pueden adaptarse y, cuando sea necesario, realizarse bajo la orientación de un profesional cualificado.
No todos necesitamos practicar de la misma manera, y esta capacidad de adaptación es una de las razones por las que el Qigong puede acompañarnos durante diferentes etapas de la vida.
No se trata de alcanzar una meta y dejar de practicar. Se trata de encontrar una forma de movimiento que pueda acompañarnos mientras nosotros mismos cambiamos.
La inteligencia corporal también se cultiva
Cuando practicamos con atención comenzamos a reconocer diferencias que antes podían pasar inadvertidas. Notamos cuándo estamos tensos, cuándo estamos cansados, cuándo utilizamos demasiada fuerza, cuándo nuestra respiración se acelera o cuándo necesitamos reducir el esfuerzo.
Esta capacidad de observación puede convertirse en una forma de inteligencia corporal. No significa conocer el cuerpo como lo haría un médico, un fisioterapeuta o cualquier otro profesional sanitario. Significa desarrollar una relación más consciente con nuestras propias sensaciones y posibilidades.
Y cuanto antes aprendamos a reconocer determinados cambios, más posibilidades tendremos de realizar pequeños ajustes. No siempre podremos evitar un problema, pero sí podemos reducir parte del desgaste innecesario y aprender a utilizar nuestro cuerpo de una manera más eficiente y consciente.
La prevención comienza mucho antes de ponerse a practicar
La prevención no comienza cuando nos colocamos en posición para realizar una secuencia. Comienza en nuestra manera de vivir.
En cómo dormimos, en cómo comemos, en cuánto nos movemos, en cuánto tiempo permanecemos sentados, en cómo organizamos el trabajo, en si dejamos espacio para el descanso, en si mantenemos relaciones sociales y en si pedimos ayuda cuando la necesitamos.
El Qigong puede formar parte de ese proceso, pero no puede sustituirlo. La salud rara vez depende de una sola práctica. Se construye mediante una combinación de factores y, sobre todo, mediante hábitos que se mantienen a lo largo del tiempo.
Esta idea también nos ayuda a evitar una concepción demasiado estrecha del Qigong. Practicar no significa solamente reservar media hora al día para realizar una forma. Significa que aquello que aprendemos durante esos minutos puede modificar progresivamente nuestra relación con el movimiento, el esfuerzo, la respiración y el descanso durante el resto de la jornada.
De hacer ejercicios a cultivar la salud
Aquí encontramos uno de los sentidos más profundos de la tradición de Yangsheng (养生), un término que puede traducirse aproximadamente como cultivo o cuidado de la vida. No se trata únicamente de realizar una determinada tabla de ejercicios, sino de desarrollar hábitos y actitudes que favorezcan el cuidado de la vida dentro del marco cultural de la tradición china.
El Qigong participa de esta concepción. Podemos practicar para mejorar un movimiento, aprender una forma o desarrollar una determinada habilidad, pero también podemos entender la práctica como una oportunidad para cultivar atención, movilidad, capacidad de relajación y una relación más consciente con nuestro propio cuerpo.
En este sentido, el Qigong no termina necesariamente cuando termina la sesión. Lo aprendido puede aparecer después en la manera de caminar, de sentarnos, de respirar, de utilizar la fuerza o de reconocer cuándo necesitamos descansar.
No podemos detener el envejecimiento, pero sí podemos decidir en cierta medida cómo queremos relacionarnos con el paso del tiempo. La práctica puede ayudarnos a conservar capacidades, aceptar cambios y adaptar nuestra forma de movernos a las necesidades de cada etapa.
La prevención no consiste en controlar el cuerpo
Existe una paradoja en el cuidado de la salud: cuanto más intentamos controlar el cuerpo de manera obsesiva, más difícil puede resultar escucharlo. Queremos respirar perfectamente, movernos perfectamente, dormir perfectamente, comer perfectamente y practicar perfectamente, hasta que el propio cuidado se convierte en una nueva fuente de tensión.
El Qigong puede enseñarnos una relación diferente: atención sin obsesión, disciplina sin rigidez, esfuerzo sin exceso, relajación sin abandono y constancia sin perfeccionismo.
No necesitamos realizar una práctica perfecta. Necesitamos aprender a practicar de una manera adecuada a nosotros.
Esta es también una de las razones por las que la enseñanza debe tener en cuenta a la persona y no solamente a la forma. El mismo ejercicio puede necesitar diferentes adaptaciones según la edad, la movilidad, la experiencia y las circunstancias de quien lo practica.
La verdadera prevención no consiste en hacer solamente Qigong
Una práctica responsable de Qigong no debería presentar esta disciplina como superior a todas las demás formas de actividad física. Caminar, nadar, bailar, montar en bicicleta, entrenar la fuerza o realizar otras actividades apropiadas pueden formar parte igualmente de una vida activa.
Las recomendaciones internacionales de actividad física incluyen diferentes componentes y, especialmente en las personas mayores, destacan la importancia de combinar actividad física con trabajo de fuerza y equilibrio.
Por eso, el objetivo de una práctica de Qigong orientada a la salud no debería ser demostrar que necesitamos únicamente Qigong. Debería ser ayudar a que más personas encuentren una forma de movimiento que puedan realizar con regularidad y que contribuya a mantener sus capacidades.
Para algunas personas será una parte de un programa físico más amplio. Para otras será una puerta de entrada hacia una vida más activa. Y para otras puede convertirse en una práctica central que complementan con otras actividades.
Lo importante es que el movimiento forme parte de la vida.
Prevenir no significa vivir con miedo a enfermar
Existe una diferencia importante entre cuidar la salud y vivir obsesionados con ella. La prevención saludable no consiste en analizar cada dolor, cada sensación o cada cambio corporal como si fuera una señal de enfermedad, ni tampoco en pensar que, si enfermamos, es porque no hemos practicado suficientemente.
La enfermedad tiene múltiples causas y muchas de ellas escapan completamente a nuestro control. La edad, la genética, las infecciones, los accidentes, las condiciones ambientales y numerosas circunstancias personales pueden influir en nuestra salud.
El verdadero sentido de la prevención es más humilde y más realista: hacer aquello que razonablemente está en nuestras manos para cuidar nuestro organismo, mantener nuestras capacidades y reducir parte del desgaste evitable.
También significa reconocer cuándo necesitamos ayuda, acudir al médico cuando corresponde, realizar las pruebas necesarias y seguir los tratamientos indicados. El Qigong puede integrarse dentro de ese cuidado, pero no debe utilizarse para retrasar una atención sanitaria necesaria.
El Qigong no sustituye a la medicina
Este punto merece una especial claridad, precisamente porque una escuela responsable de Qigong debe ser capaz de explicar tanto las posibilidades de la práctica como sus límites.
El Qigong puede formar parte de un estilo de vida orientado al bienestar y al mantenimiento de determinadas capacidades. La investigación disponible ofrece resultados prometedores en algunas áreas, pero no justifica presentar el Qigong como una terapia universal ni como un sustituto de la medicina.
Ante síntomas nuevos, intensos o preocupantes, la prioridad debe ser consultar con el profesional sanitario correspondiente. Una escuela seria no debería prometer curaciones milagrosas ni utilizar el miedo a la enfermedad para vender sus enseñanzas.
Precisamente porque creemos en el valor del Qigong, debemos enseñarlo con rigor, honestidad y respeto tanto por la tradición de la que procede como por el conocimiento científico disponible.
Enseñar Qigong también significa enseñar a cuidarse
Por eso creemos que una buena enseñanza de Qigong no debería limitarse a mostrar una secuencia y pedir al alumno que la repita. Debe proporcionar herramientas para comprender lo que está haciendo y para adaptar la práctica a sus propias circunstancias.
¿Por qué realizamos este movimiento? ¿Cómo organizamos el cuerpo? ¿Cómo coordinamos respiración y movimiento? ¿Qué significa practicar con relajación? ¿Cuándo debemos reducir el esfuerzo? ¿Cómo podemos adaptar un ejercicio? ¿Qué pertenece a la tradición china y qué sabemos actualmente gracias a la investigación?
Estas preguntas forman parte de una enseñanza responsable porque aprender Qigong no consiste solamente en conseguir que alguien copie nuestros movimientos. Consiste en ayudarle a comprenderlos.
Y, finalmente, en ayudarle a practicar por sí mismo.
El profesor no debería crear dependencia
Existe una consecuencia importante de esta forma de entender la enseñanza: el objetivo de una Escuela no debería ser crear dependencia del profesor, sino desarrollar progresivamente la autonomía del alumno.
Al principio necesitamos que alguien nos enseñe. Necesitamos correcciones, explicaciones y referencias. Necesitamos descubrir qué significa una postura determinada, cómo organizar el movimiento y cómo evitar errores.
Pero el objetivo final debería ser que podamos practicar por nosotros mismos con seguridad, criterio y conciencia.
El profesor acompaña, corrige, explica y orienta, pero llega un momento en el que el alumno debe ser capaz de permanecer consigo mismo. Entonces comienza otra etapa de la práctica: aquella en la que el Qigong deja de depender de la presencia constante de otra persona y empieza a formar parte de nuestra propia vida.
La filosofía de nuestra Escuela: aprender para practicar toda la vida
En nuestra Escuela entendemos el Qigong como algo más que un conjunto de ejercicios. Lo consideramos una práctica tradicional de cultivo de la salud y una disciplina corporal y mente-cuerpo que puede contribuir al bienestar y al mantenimiento de determinadas capacidades, siempre dentro de sus límites y sin sustituir la atención sanitaria cuando esta sea necesaria.
Por eso damos importancia tanto a la práctica como a la comprensión. Queremos que el alumno conozca los ejercicios, pero también que comprenda sus principios; que aprenda a moverse, pero también a sentir; que conozca la respiración, pero que no la fuerce; que descubra la relajación, pero sin confundirla con pasividad; y que conozca la teoría tradicional del Qi sin presentar como hechos científicos aquello que pertenece al lenguaje propio de la tradición.
También queremos que lo aprendido pueda salir de la clase y entrar en la vida cotidiana. Porque el verdadero valor de una práctica de Qigong no aparece únicamente durante los minutos que permanecemos practicando, sino cuando aquello que hemos aprendido empieza a modificar nuestra manera de estar en el mundo.
Una escuela de Qigong no debería limitarse a formar personas capaces de reproducir una forma. Debería ayudar a formar practicantes capaces de comprender, adaptar y mantener una práctica durante muchos años.
Qigong: cuidar antes de tener que reparar
Durante mucho tiempo hemos entendido la salud principalmente desde la enfermedad. Nos preguntamos qué tenemos, qué nos duele y qué tratamiento necesitamos. El Qigong propone añadir otra pregunta: ¿qué puedo hacer hoy para cuidar mi cuerpo antes de que tenga que pedírmelo?
Esta pregunta cambia nuestra relación con la salud. Ya no esperamos únicamente a que aparezca el problema para actuar; empezamos a cultivar. No buscamos resultados inmediatos, sino continuidad. No intentamos luchar contra nuestro cuerpo, sino aprender a escucharlo. No necesitamos hacer cada vez más, sino aprender a hacer lo necesario de una manera adecuada a nuestras posibilidades.
Esta es, en buena medida, la esencia de una práctica orientada al cultivo de la salud.
No esperes a que tu cuerpo te obligue a cuidarlo
Quizá esta sea la idea que resume todo el artículo. No necesitamos esperar a tener un problema para empezar a cuidar nuestro cuerpo, ni esperar a sentirnos rígidos para comenzar a movernos, ni esperar al agotamiento para aprender a descansar, ni esperar a perder movilidad para empezar a conservarla.
Podemos empezar ahora, con aquello que esté razonablemente a nuestro alcance.
Porque cuidar la salud no significa intentar evitar todo aquello que pueda sucedernos. Significa participar activamente en aquello que sí podemos hacer por nosotros mismos, aceptando al mismo tiempo que existen circunstancias que no podemos controlar y que, cuando sea necesario, tendremos que recurrir a profesionales sanitarios.
Ahí es donde el Qigong adquiere todo su sentido. No como una promesa de vivir sin enfermedades, no como un sustituto de la medicina y tampoco como una solución mágica, sino como una práctica que nos enseña poco a poco a movernos, respirar, sentir, regularnos y escuchar nuestro cuerpo.
Una práctica para hoy, pero también para dentro de diez, veinte o treinta años.
Porque quizá la mejor manera de cuidar la salud no sea esperar a necesitar repararla.
Quizá sea aprender a cultivarla cada día.
En nuestra Escuela entendemos el Qigong así
No como una colección de ejercicios que hay que memorizar, ni como una promesa de curación, ni como una competición, ni como una práctica reservada a personas especialmente flexibles, fuertes o jóvenes.
Lo entendemos como una práctica que puede acompañarnos durante diferentes etapas de la vida y que nos invita a movernos, respirar, prestar atención, comprender nuestro cuerpo, respetar nuestros límites y cultivar nuestras capacidades.
Una práctica que puede ayudarnos a desarrollar una relación más consciente con el movimiento y con nuestro propio cuerpo, pero que también nos recuerda que la salud es algo mucho más amplio que una sola disciplina.
Porque aprender Qigong no significa únicamente aprender a realizar una forma.
Significa aprender una manera diferente de relacionarnos con nuestro cuerpo y con nuestra propia salud.
Y quizá ahí se encuentre su verdadera dimensión preventiva: no en prometernos que nunca tendremos problemas, sino en enseñarnos a cuidar, conservar, adaptar y escuchar antes de que nuestro cuerpo tenga que gritar para hacerse escuchar.

